“Consumo y progreso”, por César Ortega Esquembre

“Consumo y progreso”, por César Ortega Esquembre

César Ortega Esquembre, doctorando en Filosofía Política

Dentro de la tradición europea de pensamiento crítico ha sido habitual utilizar la expresión “destrucción productiva” para apresar conceptualmente la racionalidad propia del modo de producción capitalista. A lo que apunta esta contradictoria conceptuación es al siniestro carácter de una lógica productiva tal, que consigue convertir el rápido deterioro de los objetos producidos –fenómeno que las sociedades precapitalistas desde luego habrían conceptualizado como un fracaso– en condición de posibilidad para el éxito del propio sistema. Este fenómeno se popularizó en el mundo anglosajón con el ahora conocido nombre de planned obsolescence. Observado desde la óptica de una racionalidad técnica, esta lógica resulta extraordinariamente fecunda: la ridícula finitud de los productos garantiza que cada sujeto deba acudir al mercado en intervalos de tiempo también ridículos, y que deba hacerlo para adquirir precisamente los mismos productos que ya poseía. Si abandonamos el específico punto de vista de una racionalidad de tipo técnico-instrumental y transitamos a lo que podríamos denominar una razón moral-práctica, el fenómeno no suscita por supuesto la misma consideración. El fin a que originariamente había de servir la organización social del trabajo, a saber, la “conquista de la naturaleza” encaminada a la satisfacción real de las reales necesidades de todos los individuos –la cancelación, en fin, de la ofensa que supone carecer de los medios siquiera más elementales para la realización de un proyecto de vida digna–, queda aquí supeditado a un fin que se revela como auténtico fin de la sociedad burguesa, a saber, la revalorización del valor de que han de apropiarse los sujetos que ocupan posiciones privilegiadas en el sistema productivo. Por supuesto que en las condiciones de producción e intercambio dadas no es posible suprimir esta lógica sin sucumbir a la vez a sus desastrosos efectos: la producción de objetos más duraderos habría de tener como consecuencia la ralentización del propio proceso de producción, y ésta, a su vez, la destrucción masiva de empleo.

                Aunque no es ni mucho menos interés de quien escribe ofrecer conclusiones, ni siquiera muy modestamente, sobre un fenómeno tan extraordinariamente complejo como éste, al menos cabría decirse que es posible imaginar, siquiera como experimento mental, una organización del trabajo tal, que a la mayor duración de los objetos de consumo no le acompañara la desgraciada conciencia de la pérdida de puestos de trabajo, sino más bien la emancipadora reducción del trabajo necesario para adquirir constantemente los mismos bienes caducos. En todo caso, mi pretensión es tan solo la de bosquejar la peculiar forma que adquiere hoy este fenómeno.

                En nuestras actuales sociedades de hiperconsumo la glorificación de determinadas marcas comerciales ha conseguido dar a esta realidad un giro extremadamente inquietante. Bajo la égida de la concesión de un distintivo absolutamente singular –cuya singularidad, por otra parte, se diluye en la misma medida en que crecen sus ventas–, las grandes compañías de alta tecnología consiguen convertir la otrora resignada conciencia del comprador que había de acudir sistemáticamente al mercado a conseguir los mismos productos en una conciencia ideológicamente feliz. La obsolescencia programada se hace superflua tan pronto como el propio comprador ha interiorizado la natural necesidad de comprar cíclicamente los mismos productos, aunque los antiguos sigan conservando intacta su funcionalidad. Esta necesidad, la necesidad de invertir cada año más dinero, y por lo tanto más horas de trabajo, en adquirir el nuevo viejo producto, pretende encontrar su justificación en el simple hecho de que ese nuevo producto –que es el mismo– ya está disponible en el mercado. Las apenas perceptibles mejoras introducidas en los nuevos modelos, la arbitrariedad con que se presenta hoy la milimétrica ampliación y mañana la milimétrica reducción del tamaño de la pantalla de un teléfono móvil como real satisfacción de una necesidad, la extravagancia con que se utiliza el término “progreso” para caracterizar tan irrisoria facticidad, no son en este sentido sino las huellas de una cínica concesión del productor. Las modificaciones más insignificantes resultan hoy suficientes para convencer a grandes masas de población de la urgencia del cambio.

Claro que esta urgencia está además mediada por una malentendida comprensión de la autenticidad, comprensión que apenas resiste el más trivial de los análisis críticos. Apenas ya nadie quiere perder el singularísimo distintivo que le otorga el poseer el último modelo del producto –lo cual confirma esa vieja sospecha de la conciencia proletaria, según la cual el fin de las clases satisfechas no es tanto la acumulación de riqueza, cuanto la posibilidad de que esa acumulación sirva a una cruel diferenciación de sí mismas con respecto a los sujetos desposeídos.  La generalización de ese “nadie” ha convertido entretanto la singularidad y la distinción exactamente en su contrario, y el ideal de la autenticidad deviene él mismo síntoma de lo inauténtico.

Pese a esta observación, que hoy puede confirmarse incluso en las conversaciones más cotidianas, las multitudes siguen agolpándose satisfechas en los puntos de venta ante cada nueva llamada. Estas mismas multitudes, a las que ciertamente cada uno de nosotros pertenece de alguna manera –por muy grande que sea su esfuerzo por sustraerse–, creen descubrir en el triste gesto del eterno retorno, en esa anual manifestación de la idiotez colectiva con que las aludidas marcas –y sus glorificados directivos, convertidos en poco menos que chamanes del sublimado mito liberal– dan a conocer su nuevo producto, la ocasión perfecta para dar testimonio de su propia y desgraciada singularidad. Y al hacerlo su búsqueda de singularidad no hace sino confirmar una vez más esa paradójica vuelta de tuerca del sistema, gracias a la cual la sutil interiorización de necesidades creadas alcanza a sustituir la antigua y más grosera limitación intencionada de la vida útil de los productos. Acaso llegue un momento en que el proceso de ideologización de la conciencia se encuentre tan perfectamente acabado, que nos parezcan innecesarias incluso las más nimias modificaciones del producto.

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