El “Clásico” de mi pueblo

El “Clásico” de mi pueblo

Sábado por la tarde, acabamos de estrenar la primavera, y aprovecho el buen tiempo que hace para salir a dar una vuelta. Al pasar junto a las instalaciones deportivas de mi pueblo, me sorprende la gran cantidad de coches y movimiento de gente por la puerta. A lo lejos, se oyen los ecos de gritos, voces y jaleo. Algo importante está pasando dentro, y decido entrar a verlo.

Al acercarme al único campo de fútbol en el que se distingue actividad, me encuentro con un amigo y le pregunto. “Partidazo. Nos jugamos mucho. Hay que ganar como sea”, me responde. Su telegráfica respuesta, mientras no quita la vista del partido, me deja intrigado. Ya no me volvería a prestar ni un minuto de atención mientras durase el encuentro.

Veo el andamio que ha montado la tele local del pueblo, esto tiene que se importante, así que decido quedarme a ver tan magnífico espectáculo. Y esto es lo que presencio: las aficiones, perfectamente identificadas y separadas, se reparten a partes iguales las zonas de gradas y bandas a pie de campo. El partido comienza un poco brusco, con intensidad y alguna queja suelta, pero nada importante.

De repente, uno de los equipos marca y se desata la ira en la afición rival. Un grupo de señoras, puños en alto, vociferan al árbitro que el gol ha sido en claro fuera de juego y que, “por su bien y el de su familia”, no se vuelva a repetir algo así. Su posición privilegiada en el campo, les ha permitido ver que el delantero rival se encontraba en clarísima posición antirreglamentaria.

Los caballeros, en cambio, son más de opinar sobre la disposición táctica de su equipo sobre el césped. No les gusta el planteamiento del mister y ven que la solución a los problemas está claramente en invertir el sistema de juego.

Todo ello sin descuidar, periódicamente, toda clase de improperios al árbitro, independientemente de si está acertando o no con sus decisiones.

Ya cerca del final  llega el gol del empate, y entonces se invierten los papeles. La otra afición desata las protestas, amenazas y quejas sobre el pobre chico del silbato, deseoso de que acabe pronto su martirio.

Y los últimos minutos, son un auténtico caos en todos los sentidos: esta vez si, las aficiones  comparten
nino-malcriado-300x200esfuerzos en insultar y amenazar al árbitro. Los entrenadores presionan. Los seguidores agobian e incitan a los jugadores a meter la pierna. Los futbolistas, que corren como pollos sin cabeza, disparan su adrenalina y reparten a diestro y siniestro sobre el césped. Los ánimos se caldean. Patadas a destiempo y trifulcas convierten estos minutos en una guerra absolutamente incontrolable. Lluvia de amarillas.

Y por fin llega lo único sensato en estos casos, el final del partido. El árbitro recoge el balón y desaparece raudo y veloz hacia los vestuarios. Los “elogios y felicitaciones” se difuminan a lo lejos.

Me dirijo de nuevo a mi amigo y le pregunto. Esta vez si que me contesta, presa aún de los nervios y el enfado: “era un partido clave, el derby local entre los dos clubs del pueblo y nos jugábamos la quinta plaza de la liga territorial benjamín. El empate no nos sirve. Siguen ellos delante por el “goal-average”.

Aclarado, ahora lo entiendo todo. Semejante despliegue de intensidad y entrega tenía que tener una causa justificada. Ya me quedo más tranquilo.

Mientras vuelvo para casa, me asaltan las dudas y las preguntas se agolpan en mi cabeza: ¿es normal este nivel de exigencia en niños benjamines, de nueve y diez años?, ¿es correcto saltarse tantas etapas deportivas de formación para meterse a la pura y dura competición desde edades tan tempranas?, ¿como pueden afectar estos episodios de estrés y exigencia en los niños?(que se encuentran en pleno proceso madurativo a nivel físico y cognitivo), ¿puede provocar un efecto inverso esta presión sobre ellos?, ¿abandonarán el deporte antes de tiempo, cansados de tanta exigencia no acorde a su edad?, ¿somos los adultos los principales culpables de estas situaciones, al proyectar nuestras ilusiones y frustraciones sobre ellos?….y así cientos de preguntas más.

 Y este fenómeno, desgraciadamente mucho más habitual de lo que creemos en los campos de fútbol base de todos los sitios de España, lejos de corregirse, va camino de aumentar y afianzarse.

Ya se oyen voces que exigen un liga federada para pre-benjamines, es decir, para niños de ¡¡ seis y siete años !!, y posiblemente a muy corto plazo…Los “ojeadores” ya reclutan jugadores a estas edades para formar sus equipos de mini Messis y Cristianos que conduzcan a sus clubs a la gloria deportiva, o al menos, a ganar los ansiados derbys locales.

Y con esto no quiero decir que la competición no sea beneficiosa, ni mucho menos. Yo también he sido deportista y creo que competir es uno de los principales alicientes por los que se entrena y sacrifica la persona que hace un deporte. Pero ojo, siempre sin saltarse las etapas lógicas, naturales y progresivas de formación (tanto a nivel físico como psíquico) y no imponiendo un nivel de exigencia y estrés más propio de un deportista de élite que de un niño de nueve años.

En fin, llego a casa y se me ha pasado la tarde volando. Dos horas entretenido me hacen llegar con el tiempo muy justo. “¿Vamos a salir a cenar esta noche por ahí, cariño”?- me pregunta mi mujer. “Calla, calla” le respondo, que hoy es el Clásico, y lo quiero ver con nuestro hijo, además “es un partidazo. Nos jugamos mucho. Hay que ganar como sea”.

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