“Frágil”, un relato de Víctor Ortega Esquembre

“Frágil”, un relato de Víctor Ortega Esquembre

Víctor Ortega Esquembre es licenciado en Ingeniería Aeronáutica

Aquel verano no habría tenido nada de particular de no haber sido por los acontecimientos que sucedieron durante la primera noche del mes de julio. Desde hacía ya cuatro años nuestra familia pasaba todos los veranos en una casa de campo a pocos kilómetros de la ciudad, en un paraje tan desértico y yermo que sólo imaginarlo en una estación distinta del verano requería un sesudo esfuerzo de imaginación. Sólo pequeños racimos de pinos arrojaban sombra sobre los campos amarillos de trigo, salpicados por latas de refrescos oxidadas, plásticos cuarteados por el sol y otros reflejos de tiempos inciertos y olvidados.

Mis padres ocupaban cómodos cargos en la administración pública, lo que les permitía alquilar la casa de campo durante dos meses completos, en los que mis hermanos y yo podíamos disfrutar de una vida más próxima a la naturaleza, mientras ellos se dejaban llevar por la cadencia tranquila del verano en una existencia sencilla, sin contratiempos, asentada en largos paseos al atardecer, una dedicación razonable a actividades relacionadas con el mantenimiento de la casa y una infinidad de horas para acariciar y contemplar nuestra cálida infancia. El invierno anterior yo había cumplido trece años, y mis hermanos pequeños cumplirían seis y nueve años en otoño, por lo que, bajo el juicio involuntario de mis padres, no existía a corto plazo motivo alguno para pensar en una vida sustancialmente diferente a la que tan agradablemente se habían acostumbrado, y esa certeza se desvanecía tan lentamente a medida que nosotros crecíamos que a ellos les resultaba imposible advertirlo. Este estado casi estacionario, unido a una situación general que, en resumidas cuentas, marchaba bien, podía ajustarse cómodamente a la idea imprecisa que mis padres proyectaban cuando trataban de pensar en la felicidad.

El alquiler de la casa de campo había sido, sin lugar a dudas, una decisión acertada; la relación con los pocos vecinos de la zona era tan cordial como desprovista de obligaciones, los aparatos frigoríficos eran sobradamente grandes como para albergar comida suficiente para todo el verano, salvo aisladas visitas a alguna frutería o a la panadería, y el propietario de la casa, satisfecho con el rendimiento que obtenía de su posesión durante el verano, nos obsequiaba año tras año con alguna nueva instalación, como la pequeña piscina de obra que había construido hacía dos años, lo que dotaba a nuestra relación arrendaticia de un carácter ligeramente humano del que todos nos sentíamos íntimamente orgullosos.

Habría sido un verano como los demás, sí, si aquella silenciosa y hermosa noche de julio, apenas perturbada por el silbido de los grillos, no hubiera sido desgarrada por el grito más aterrador que ninguno de nosotros habíamos oído en nuestras vidas.

Eran más de las doce y hacía poco que todos nos habíamos ido a la cama, yo estaba a punto de quedarme dormido cuando escuché el chillido, que parecía venir de algún lugar en el exterior, aunque muy cercano a la casa. Inmediatamente sentí que la sangre se me helaba dentro de las venas, y permanecí varios segundos paralizado, incapaz de articular ningún pensamiento, hasta que escuché los pasos rápidos de mis hermanos, que corrían asustados hacia la habitación de mis padres; también yo salté de la cama y conseguí alcanzarlos justo cuando entraban en la habitación. Las caras de mis padres expresaban una evidente batalla entre la voluntad de tranquilizarnos y el desconcierto ante lo que sin lugar a dudas todos habíamos escuchado.

Podría haber sido un verano terrible si mi padre hubiera encontrado el origen de aquel grito descarnado cuando salió con valentía a la noche estrellada, si la policía hubiera hallado durante el día siguiente algún motivo para confiar en nuestro testimonio, e incluso si alguno de nuestros vecinos hubiera escuchado lo mismo que nosotros. Habría sido espantoso enfrentarnos a un asesinato tan cerca de nuestra casa. Sin duda habríamos regresado a la ciudad, y habríamos vivido asustados durante meses. Poco a poco la violencia del impacto inicial se habría ido desvaneciendo, la horrible sensación de mis padres ante la presencia de un ser brutal, capaz de asesinar, tan cerca de sus hijos se habría vuelto menos intensa con los años, llegando incluso a desaparecer cuando no quedara de nuestra infancia más que recuerdos y álbumes de fotografías. Mis hermanos, tan pequeños todavía, no habrían tardado en sustituir el miedo inicial por los cientos de momentos excitantes de la infancia, y yo, en fin, tal vez habría podido sacar partido de la situación labrándome una reputación de chico sombríamente atractivo durante los años de adolescencia que se abrían ante mí.

Pero lo cierto es que mi padre sólo se encontró con el silbido de los grillos y con la noche tranquila, que la policía siempre mostró un aire sutil de sospecha y desconfianza ante nuestras descripciones precisas (al fin y al cabo, ni se había denunciado ni se denunció en los meses siguientes ninguna desaparición) y que los vecinos, con una mezcla de franqueza solidaria y del inevitable sentimiento de triunfo de quien se sabe del bando de las mayorías, no pudieron hacer otra cosa que reafirmarse en su declaración inicial: ellos no habían escuchado nada de particular durante la noche.

Y así nos encontramos con la extraña sensación de vivir una tragedia que no era tal, pero de la que sin embargo no podíamos escapar, una falsa tragedia cuyo carácter exclusivamente familiar nos tranquilizaba a mis hermanos y a mí (por suerte, nuestros padres habían sentido lo mismo que nosotros) de la misma manera que desamparaba a nuestros padres (al fin y al cabo, sus hijos habían tenido que sentir lo mismo que ellos), una fatalidad desdibujada e irreal que no lográbamos acomodar a ninguna de nuestras categorías del miedo, y que por ello precisamente resultaba insoportable, pero que de forma clara y reconocible nos mandaba un mensaje sencillo a los niños: la casa de campo no era un lugar tan seguro como habíamos imaginado; y les mandaba otro distinto, incluso más sencillo, a nuestros padres: la vida, igual que la felicidad que creían inmutable, era tan frágil como el hermoso silencio que se desgarra en la noche.

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