“La maestra”, relato breve

“La maestra”, relato breve

Estaba subido sobre una silla verde de preescolar y escribía en la pizarra la fecha. 16 de octubre de 1987. Las cifras las remarcaba muy fuerte con tiza para que quedase así el tiempo, señalado. Las pizarras de ahora cubren toda la pared, no tienen marcos. Entonces debías subir a ellas, como si las escalases. Mi caligrafía no era buena. Los números quedaban delgados, sin sus circunferencias, y la letra “a” parecía la de un pasante de abogados en sus años de prácticas. Tenía cuatro años. El maestro de sexto, a veces, golpeaba en el trasero a los niños y sus gritos parecían aullidos dolientes en un confesionario. Después nos enseñaban los moratones como si fuesen trofeos hundidos en la piel. En la pizarra grababa la fecha y después volvía a mi pupitre inquieto, cruzaba las piernas y miraba con cautela mi “8” defectuoso. Quedaría ahí hasta el día siguiente, cuando el compañero que me seguía en la lista se encaramara a la silla y anotara su propia fecha, su interpretación del hoy. Unos años después decidí escribir todos mis textos con mayúsculas, hasta los exámenes de ciencias naturales. Un profesor me alertó de esa barbaridad, de esos gritos en las respuestas. “Además”, dijo, “pierdes mucho tiempo y ocupas más espacio, podría pasarte factura cuando entres al instituto”. Volví a mi letra de serpiente rectilínea y con tachones pero siempre tuve dificultades para dibujar el “8”. Poco vuelo, poca abertura.

La maestra de prescolar desapareció a mitad de curso y la sustituyeron por otra maestra de fuera, menos rígida, menos maestra. No nos atrevimos nunca a preguntar las causas de la desaparición, pero recuerdo que alguien dijo que había leído su nombre en una lápida del cementerio. Que quizás deberíamos ir a visitarla, que tendríamos que llevarle flores, que igual su marido se enfadaba con nosotros -no sabíamos si estaba casada-. Otros decían que no había podido soportar nuestra mala letra y que por eso huía. En cualquier caso, nuestros padres no nos dejaban entrar al cementerio y yo agradecía esa prohibición. Creía que podía quedar atrapado en unos de esos nichos vacíos. Creía que el alma de nuestra maestra, que no estaba allí, podía succionarme. Su ausencia se silenció en el colegio y parecía que jamás hubiese pasado por allí, como si nunca nos hubiese ayudado a retirarnos los abrigos. Como si nunca hubiese atado los cordones de mis zapatos.

Las normas cambiaron con la nueva maestra, ella misma se ocupaba de escribir la fecha cada mañana en la pizarra y se acabaron las escaladas con las sillas de preescolar. También pasaba lista y levantábamos la mano derecha, incluso los zurdos, cuando llegaba nuestro turno. En cuanto a mi caligrafía, la nueva maestra apenas prestaba atención a esos detalles y creo que nunca conoció mi conflicto con el “8”. A veces hacíamos ejercicios de sumas y rectas en los cuadernillos. En la portada verde un estudiante con corbata señalaba una de las páginas con los ojos cerrados. Era bueno en los espacios siderales de los números que, como pájaros, estaban formados por rectas y óvalos. A excepción del “8”, a excepción de mi caligrafía. La nueva maestra se impacientaba con los burros -así los llamaba ella- y los señalaba con el dedo índice. Nunca supimos su edad, porque a esas alturas las edades de los profesores son una incógnita, pueden pasar de los 100 a los 20 apenas en un suspiro, en función del tono de su voz o de las grietas de sus rostros, que son variaciones de las caras de nuestras madres. En una ocasión un compañero quedó atrapado en el armario en el que guardábamos las botas de agua y la maestra sonrió mientras el niño aporreaba la puerta con los nudillos. Cuando conseguimos liberarlo, ella lo señaló con el dedo índice y le acusó de ser un burro por no estar atento a la corriente de aire. Él se desintegró unos segundos y volvió a centrar su atención en los cuadernillos y en la maestra antigua.

Durante aquellos meses creíamos que la desaparición se debía a nuestra poca destreza para atarnos los cordones de los zapatos, o bien al hartazgo por nuestra letra deficiente, pero en una ocasión oí al padre de un alumno susurrar que este suceso afectaba al 2% de la población mundial y que eso “había provocado mucho sufrimiento en las familias” hasta tal punto que “ya nadie sabía distinguir la pérdida súbita de la muerte”. Pese a todo, el curso avanzó y pronto llegó el verano con sus yacimientos de calor y sus vacaciones eternas. Unos años después decidí escribir todos mis textos con mayúsculas, hasta las pintadas callejeras en las que ensalzaba una bebida carbonatada o aquellas en las que promocionaba a un grupo de Seattle, incluso en una ocasión pude perfilar el número “8” en el cielo con un puntero láser. Mi caligrafía no era buena y pasé a la universidad con la rémora de la agresividad en mi escritura y un cierto temor a la escalada.

La maestra que nos retiraba los abrigos nunca volvió.

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