“La usurpación del tiempo libre”, por César Ortega Esquembre

“La usurpación del tiempo libre”, por César Ortega Esquembre

César Ortega Esquembre

Un preocupado amigo mío me hablaba el otro día, mientras tomábamos la desde hace años rutinaria –pero no por ello menos balsámica– cerveza de después del trabajo, de la desagradable situación a la que se veía conducido últimamente en su puesto de trabajo. El desagrado no residía, y esto es lo significativo, en el propio proceso laboral, lo cual hubiera sido naturalmente poco sorprendente, sino exactamente en lo que ocurría después de su jornada. La empresa para la que trabaja había adoptado la hoy habitual política de maximizar la productividad del trabajo a través de la creación de vínculos amistosos entre los propios trabajadores, pero había tenido la astucia de potenciar esos vínculos mediante jornadas de convivencia y organizaciones lúdicas diversas acontecidas en todo caso en horario no laboral. Aunque es evidente que tales reuniones son sólo voluntarias, por lo que una crítica en términos excesivamente graves sería ridícula, el asunto contiene algunos elementos sumamente interesantes para el análisis.

Quisiera comenzar diciendo que desconozco si se trata de una práctica lo suficientemente extendida como para recibir el nombre de “hecho social”. Me baso tan sólo en un puñado de observaciones totalmente acientíficas, así como en algunas conversaciones informales sobre la cuestión. El modesto análisis que expongo a continuación no tiene en este sentido ninguna pretensión de validez científico-social, como es natural, y es más el fruto de un sentimiento moral de repugnancia, motivado naturalmente por el cariño que profeso a mi amigo, que la consecuencia de un proceso sistemático de reflexión.

La conocida consigna que inunda hoy los foros empresariales –“¡a mayor felicidad de los trabajadores, mayor productividad!”– no tiene evidentemente un sentido en sí mismo negativo, y es de esperar que sólo unos cuantos marxistas totalmente alucinados se lamenten por lo que desde hace aproximadamente un siglo viene siendo una realidad en Occidente: la mejora de las condiciones laborales de los trabajadores. Estos marxistas fundamentarán su naif lamento en que semejantes mejoras no significan otra cosa que la disolución misma del sujeto de la revolución –el proletariado en condiciones de miseria extrema, que no tenía nada que perder salvo sus propias cadenas–. Dado que las mejoras introducidas hacen que el proletariado tenga algo más que perder que sus cadenas, es de esperar que la conciencia de clase se diluya al tiempo que se produce el conocido fenómeno del aburguesamiento de la clase obrera. Pero esta queja deja ver su carácter ideológico y mezquino –sin necesidad de salir del propio paradigma inaugurado por Marx– tan pronto como uno se da cuenta de que el marxismo, como teoría de la revolución proletaria, no aspiraba a la perpetuación de la lucha de clases, sino precisamente a la autodisolución del proletariado en tanto clase que reúne en sí todos los sinsabores de la sociedad burguesa. Claro que esta disolución no ha acontecido en Occidente por las vías predichas por Marx, pero en todo caso ha acontecido. La existencia del proletariado, como sujeto unitario con un interés definido –la socialización de los medios productivos–, ha dado paso en la sociedad postindustrial a una pluralidad de pequeños grupos con intereses de emancipación también plurales, entre los que naturalmente siguen existiendo, y no en grado pequeño, reivindicaciones económicas herederas de la vieja lucha de clases. Qué papel ocupe la lucha de clases entre estas demandas –es decir, si sigue constituyendo una suerte de “contradicción primaria” que explica el resto de formas de opresión, o si más bien ha devenido sólo una más entre ellas– es un tema extraordinariamente interesante, pero que excede ya sin embargo el objeto de este texto.

Más allá del cínico rechazo a la mejora progresiva de las condiciones laborales, rechazo que a mi juicio tiene más que ver con una decadente nostalgia por la simbología revolucionaria de la vieja izquierda que con un análisis riguroso de la sociedad actual, la cuestión planteada al comienzo puede ser abordada críticamente desde una perspectiva diferente.

Que la garantía de unas condiciones de trabajo dignas y un clima laboral agradable, entre las que efectivamente las relaciones amistosas entre los trabajadores pueden cumplir un papel importante, es una cosa positiva creo que es un juicio que no requiere ulteriores justificaciones. Que esa garantía no sea promovida por parte de los propietarios de las empresas con el fin de preservar la dignidad de sus trabajadores, sino con el de aumentar la productividad de su fuerza de trabajo, es algo relativamente fácil de comprender. Igual que el canciller Bismark puso las primeras piedras del Estado de Bienestar en la década de 1880 con el objetivo, no precisamente socialista, de evitar el fortalecimiento del movimiento obrero, los actuales propietarios de los medios de producción racionalizan y “aclimatan” los lugares de trabajo con el fin, no precisamente humanista, de revalorizar el valor de esa mercancía que es el asalariado. Sea como fuere, ambos momentos significan un aumento de la calidad de vida de los trabajadores, lo cual es evidentemente una buena noticia.

Lo perturbador del caso, no obstante, tiene que ver con los momentos que utilizan algunos propietarios para maximizar el bienestar de sus trabajadores y crear relaciones afectivas entre ellos. En un alarde de autoritarismo apenas reconocible, estos  maximizadores del beneficio –y de la felicidad– “invitan” a sus trabajadores a reuniones lúdicas extralaborales de lo más variadas, entre las que se cuentan jornadas de convivencia al aire libre –en las que de paso le encasquetan a uno un par de talleres de formación–, visitas a lugares en principio interesantes para los trabajadores, pero que evidentemente sólo pueden interesarles en tanto trabajadores de esa empresa, u organización de cenas copiosas en las que, acaso por el vino, los satisfechos asalariados puedan entablar vínculos de amistad aprovechables para la propia empresa. La invitación está naturalmente acompañada de un riesgo tácito, y es el riesgo que padecen aquellos que sencillamente no quieren ir a granjearse la antipatía de sus compañeros. Vuelvo a insistir en que no pretendo elevar este fenómeno, sumamente particular, a la categoría de hecho social detectable en la propia lógica de la organización actual del trabajo.

Atormentados por la presión de grupos de trabajadores altamente alienados, que ven en estos eventos la encarnación misma de la bondad de sus empleadores, algunos perspicaces participantes se ven prácticamente conducidos a sacrificar parte de su tiempo de ocio para participar en eventos en los que en realidad no quieren participar, con personas con las que en realidad no quieren compartir su tiempo libre, y bajo una lógica del arribismo sumamente siniestra que termina por revelar el auténtico significado de este fenómeno: la colonización del tiempo libre. Junto a estos participantes forzosos existe también, según parece, un nutrido número de empleados que, acaso por carecer de otras actividades provechosas a realizar durante el tiempo libre, o acaso por un exitoso triunfo de la ideología neoliberal en sus falseadas conciencias, no sólo acuden con la mayor diligencia a las reuniones programadas, sino que inventan ellos mismos nuevas ocasiones en las que cercenar el tiempo libre del resto de compañeros. Evidentemente, con esto no quiero significar que las relaciones entre los trabajadores no puedan devenir relaciones de amistad, o que ellos mismos no puedan decidir autónomamente celebrar reuniones extralaborales, en las que de verdad se sientan realizados. Pero el más diminuto ápice de presión hacia aquellos que no quieran dedicar su tiempo de ocio a tan enriquecedoras actividades –se entiende: enriquecedoras para los empresarios– deslegitima definitivamente este fenómeno.

Aunque no quisiera yo sumarme a esa comprensión tan radical del trabajo como actividad en sí misma enajenante, que en modo alguno puede compadecerse con multitud de formas de trabajo auténticamente realizadoras, es evidente que durante su jornada laboral el trabajador –y me refiero fundamentalmente al trabajador asalariado, es decir, al trabajador que no tiene ningún derecho con respecto al objeto producido– no se pertenece a sí mismo, sino a otro. Las esperanzas en una sociedad de trabajadores libremente asociados, que fueron proyectadas ya por los tempranos socialistas utópicos de Francia y Reino Unido, han sido desmentidas repetidas veces por la historia, y es poco probable que el trabajo social logre organizarse en una forma tal, que no incorpore en mayor o menor medida este componente de extrañamiento del obrero en su objeto. Sin embargo, y ya que parece irremediable este no pertenecerse a sí mismo durante el proceso de trabajo, creo que resulta razonable exigir que al menos uno sí pueda dedicar su “reino de la libertad” –el tiempo libre– a lo que de verdad satisface sus intereses. Acaso algunos trabajadores poco entrenados en la crítica consideren que sus intereses se satisfacen precisamente cuando participan en “yincanas” al aire libre con sus compañeros de oficina, mientras algún gurú del emprendedurismo les martillea la cabeza con consejos que no son, en rigor, sino hueca fraseología ideológica. Pero es de esperar que existan otros trabajadores que, como mi amigo, alberguen deseos e inquietudes diferentes. [“A mí lo que me gusta es que me dejen en paz”, me dijo horrorizado antes de marcharnos del bar].

Que muchas de las formas de ocio consideradas autónomas son en realidad imposiciones del propio aparato productivo es una realidad hoy apenas cuestionable: la oferta consigue crear la demanda, y los artilugios más ridículos se convierten en satisfacción de una necesidad tan pronto como han sido producidos. La satisfacción alienada de necesidades alienadas reproduce sin duda la sociedad tal y como está establecida –a saber: bajo el imperio exclusivo de la demanda solvente–, y el tiempo de ocio se convierte, bajo la desconcertante fórmula de una “industria de la diversión”, en prerrequisito para el mantenimiento del aparato. Por supuesto que esta ideología del ocio, esta suerte de satisfacción represiva del placer, tan propia del capitalismo tardío, no es un fenómeno nuevo, sino que tuvo que aparecer tan pronto como las injusticias económicas derivadas del sistema capitalista no pudieron ya legitimarse ni a través de ideologías inmediatamente económicas –justicia inherente al intercambio de equivalentes, típicamente liberal–, ni a través de ideologías inmediatamente políticas –apelaciones al sacrificio del “pueblo” o la “raza”, típicamente fascistas–. Lo nuevo, me parece a mí, es el descaro con que algunos propietarios usurpan literalmente el tiempo libre de sus empleados, que se ven conducidos a renunciar a sus propias formas de ocio –que pueden ser alienadas, pero que naturalmente también pueden no serlo– para satisfacer las siempre insaciables exigencias de aumento de productividad del trabajo, aumento que, por otro lado, difícilmente se traducirá en ventajas salariales a disfrutar por ellos mismos.

La pregunta se hace ya inmediata, y yo no hago sino recoger en este punto las palabras de mi cariacontecido amigo: “¿por qué debería yo dedicar mi tiempo de ocio, precisamente el único tiempo en el que de verdad me pertenezco, a fortalecer vínculos laborales con personas que podrían interesarme, pero que también podrían no hacerlo, y de los que fundamentalmente vas a beneficiarte?”. Con la ventaja que otorga estar ubicado en la posición del observador no participante –no soy yo el que vive esta situación, ni quien puede jugarse el puesto de trabajo al negarse a asistir a los odiosos eventos, sino él–, yo le sugerí el siguiente mensaje para su empleador: “váyase usted a la yincana y socialice usted con quien desee, que a partir de las 17:00 horas yo prefiero dedicarme a la literatura”.

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