Siempre es por la tarde. Parque de atracciones en Avilés

Siempre es por la tarde. Parque de atracciones en Avilés

El cementerio parecía un jardín madrugador aquella mañana. Llegamos con el tiempo justo para saludar con cortesía al guía turístico -un leve movimiento de barbilla con las cejas inclinadas- y a continuación relatarnos nuestros sueños. Yo: Asesinábamos a una familia en Asturias y debíamos justificarlo ante el juez. Él: Nos reencontrábamos tras meses de ausencia y la situación se enrarecía con el paso de los minutos. Paseamos entre avenidas con vecinos cautos y respetuosos, ninguna lápida nos afligía realmente; mientras, la niebla escondía los panteones y aprisionaba todavía más a las familias alrededor de los nichos que habían ido a visitar. La mayoría de las flores estaban recién cortadas y desprendían un olor fresco. Los pantalones rectos, las faldas negras. Los humanos se dividían entre habitantes del aire y residentes en la madera. Algunas inscripciones hacían mención a las aficiones del difunto, otras simplemente aplicaban un adiós inmutable con el paso de los años. “Te querremos siempre”, podíamos leer, pese a que llegaría un momento en el que el autor de esa frase, incluso la persona encargada de cincelarla en el mármol,  ya no tendrían la capacidad de “querer”. Los niños se entretenían con travesuras infantiles por la callejuela que conducía al osario. De vez en cuando se asomaban aterrados a las sepulturas vacías. “¿Te imaginas vivir aquí?”, preguntaban. El guía turístico narraba de memoria las características del cementerio y se detenía en la singular arquitectura del lugar. Algunas personas del grupo tragaban aire visiblemente incómodas y otras fotografiaban la cúpula del campanario o los panteones más ostentosos. Pensaba en mi sueño, en la piel de asesino con la que había amanecido esa mañana. Pensaba en Colombia, en el cartel de Medellín. Él permanecía atento a las explicaciones y, de vez en cuando, interrumpía al guía para interesarse por algún detalle curioso. Un niño acababa de tumbarse dentro de un nicho vacío y su madre le reprendía en voz alta. Algunos difuntos habían fallecido en 1935 y, sin embargo, el cementerio tenía el aspecto de un parque de atracciones recién inaugurado en el que los vivos recordaban sus sueños, hacían deporte o practicaban turismo necrológico. En uno de los panteones descansaba una familia completa natural de Avilés.

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