Siempre es por la tarde. Una metralleta de recuerdos

Siempre es por la tarde. Una metralleta de recuerdos

Algunos de los supervivientes del asalto a la sala de conciertos portaban en su interior un chaleco antibalas invisible que les permitió esquivar el cielo con las manos. Parecía que lo más recomendable para un serio aspirante a cadáver era simular la muerte, al menos durante unos minutos. La muerte era una bóveda azul amplificada en cañones de agua transparentes. El nombre del verdugo escrito sobre una hoja de papel arrugada. Un vómito de sangre colgando sobre el tapete del escenario. El horror. Algunos de los supervivientes del asalto a la sala de conciertos eran propalestinos, activistas, clérigos del mal, ejecutivos de la industria de la perfumería, voraces consumidores de música, ecologistas, personas capaces de escuchar, estudiantes empachados de futuro. “Violentaremos vuestra dicha, destruiremos la alegría, os convertiremos en supervivientes sin contornos, árboles sin sombra. Os castigaremos al por mayor, seréis materia prima empaquetada en camiones frigoríficos. Os dotaremos de una metralleta de recuerdos”.

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