“Y es que ella es sólo una mujer”, por Beatriz Martínez

“Y es que ella es sólo una mujer”, por Beatriz Martínez

Un golpe seco, apaga el despertador. Sin tregua, se gira, se incorpora, mete los pies en las zapatillas de andar por casa y se pone en pie. A oscuras, camina, descorre la cortina, sube la persiana y abre la ventana. Respira hondo. Vuelve a ser lunes. En la cocina prepara un café con leche mientras mira al reloj. Las siete y diez.

Recoge la casa y prepara la comida y el almuerzo de los niños. Sorbe el café. Las ocho y cuarto.

Es hora de despertarles. Se dirige a sus habitaciones y allí les encuentra arropados entre sueños. Les levanta, les viste y les lava la cara con cuidado. Mientras los niños desayunan, ella hace las camas y se le escapa un bostezo. Pasan de las ocho y media.

Se apresura a vestirse y, frente al espejo, se recoge el pelo sin demasiado esmero. Se termina un café ya frío. Hora de marcharse. En una carrera les acompaña al colegio. Las nueve en punto.

Llega a la oficina entre un mar de coches, todo sigue igual que el viernes. Una mesa llena de papeles, una silla y cuatro paredes que empaquetan sus horas. Cuelga y descuelga el teléfono un sinfín de veces, envía emails, repasa pedidos y comprueba datos. Su mirada refleja una sombra de cansancio. Las diez y media. Hoy su medio sándwich se queda en el bolso. Y más de lo mismo hasta la una y media.

Vuelve al colegio. Les encuentra sentados en las escaleras, esperándola. Se disculpa, les besa y les toma de la mano. Y regresan a casa los tres. Las dos y diez.

Sin perder ni un minuto prepara la mesa, sirve los platos y les regaña por comer demasiado lento o demasiado rápido. Recoge las cosas cuando terminan y les deja jugar unos minutos antes de ponerse con los deberes. Las tres y media.

La tarde transcurre sin novedades. Los niños hacen sus tareas y ella les ayuda en lo que puede. Además, mañana hay examen de ciencias. Terminan cansados cuando apenas entran rayos de sol por la ventana. Las siete.

Les deja jugando y viendo la tele mientras ella se pone a revisar facturas. Calculadora en una mano, bolígrafo en la otra. Nunca se le dieron bien los números, ella no solía encargarse de esto. La cabeza empieza a dolerle. Se levanta y lo deja todo tal cual. Tiene que preparar la cena. Las ocho y cuarto.

Prepara algo rápido para los niños y decide que ella tomará algo cuando se queden dormidos y por fin pueda terminar con las cuentas de la casa. Les pone el pijama, les arropa y les lee un cuento. Ellos caen rendidos. Las diez menos cuarto.

Sale de nuevo a la cocina, coge algo del frigorífico y vuelve a su mesa a seguir peleándose con los números y la calculadora. Cuando termina sólo quiere descansar, así que ni siquiera enciende la tele. Las once y media.

Deshace la cama, se tumba y respira. Su vida se ha convertido en un torbellino de minutos que se agolpan sin sentido. Le echa tanto de menos. Cada día es madre, oficinista, cocinera, taxista, maestra, economista, cuentacuentos y mil cosas más.

Y es que ella “sólo” es una mujer.

Por Beatriz Martínez

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